Autorretrato
Tengo el color de ojos de Rebeca Correa, mi abuela paterna. Tengo las pestañas lisas y chuzas de mi padre, la nariz en versión pequeña de él.
Saqué el color de piel de mi papá, como también la misma forma de los pies, la idéntica manera de tomar el tenedor y cuchillo para comer. La forma de mi boca también es la de mi papá.
Desde niña escuché que era igual a él. La única de los cuatro hijos que se parecía a su padre. Yo era una Cerda (mi apellido), no era Ruscica como mis hermanos.
Heredé también la ironía de él, el amor por los amigos, la pasión por la lectura, la extroversión, la personalidad para subirme a un escenario y animar cualquier cosa, el don de la conversación, la generosidad, la importancia de ayudar. Heredé también la facilidad para guardar rencor, para mantener anidada rabias por años. El valor y fuerza por defender mis ideales.
De mi madre quedó el valor de la familia, la caricia, el contacto, el tocarse, hacerse cariño. La pasión por la música, por entenderla, por cantarla, por tocarla. De mi mamá quedó la dulzura femenina. De ella quedó la fuerza y el poder de vivir.
De mí, de mis porrazos, de mis levantadas ha quedado la importancia de hablar, de decir las cosas, de no callar, de no temer reacciones.
La creencia de que no hay que dejar nunca de cruzar el puente, de arriesgarme, de seguir mis instintos.
De mí, ha quedado la valentía de enfrentar remolinos de viento que me han hecho caer, muy profundo, y luego pararme y seguir.
Tengo el mismo color de ojos de la Buely Rebeca, pero mis ojos ven y miran cosas muy distintas a las que ella vio.
Tengo los pies idénticos a los de mi papá, pero he pisado otros rumbos, con otros ritmos, con otras rutas.
La forma de mi boca también es la misma, pero han salido otras palabras de ella, con otras intenciones, algunas parecidas a él, pero con otros sentidos, con la mezcla de mi crecimiento, con la certeza que a pesar de los parecidos, soy otra persona, con otra historia, con otra sangre en el cuerpo. Con una mezcla entre Claudio Cerda y Amelia Ruscica, pero revuelta, con dosis de vida propia, con todo aquello que estos 40 años me ha dado y quitado.
Soy una mujer intensa, soy virgo, cariñosa, enojona, a veces y muchas veces soberbia, fan de Madonna y Barbra Streisand, preocupada por mis seres queridos, generosa, comprometida con aquello en lo que creo, cada cierto tiempo cambio el color de mi pelo, celosa, buena para dormir, sensible, relajada, artesana autodidacta, gritona, fanática de las reuniones familiares, conversadora, Admiradora de mi Nona, llorona, intolerante con las faltas de ortografía, rencorosa, adoradora de la luna, amiga fiel, trabajadora, amante a morir de cada amor que he tenido, desordenada, a veces compleja, a veces simple, querendona, leal, extrovertida, organizadora de juntas, fanática de la música, inconsciente por fumar, muchas veces, muchas soy feliz.
Esa mujer soy yo. Un retrato de yo.
Yo María Amelia Cerda Ruscica tengo el mismo color de ojos de la Rebeca Correa Labbé, pero mis ojos son distintos.











